El cine que ya no tenemos

Texto nostálgico por lo que fue el cine en San Félix – Ciudad Guayana, donde una noche de 1928 se estrenó la primera sala cinematográfica en el patio de una vieja casona convertido en sala de exhibición.

Tengo que confesar de entrada que para mí el cine en San Félix eran el Cine Park, que quedaba en pleno centro, y el Cine Caroní, frente al cual pasábamos todos los fines de semana pues quedaba en la vía para salir de la ciudad hasta Tumeremo. De ir, solo fui al Cine Caroní a ver “Viaje Insólito”, aquella película donde miniaturizan a Dennis Quaid y lo inyectan en el cuerpo de un mesonero muy torpe. Tendría yo como 13 años. Recuerdo que ya para esa época, el Cine Park no se presentaba como una opción muy segura para ir de noche. Pero esa imagen de cines decadentes no reflejaba en absoluto el pasado cinematográfico –al menos desde la exhibición- del que gozó alguna vez la vieja San Félix.

Según Alcides Pereira el cine había llegado a San Félix una noche de 1928. El escenario habría sido el patio de la casa de Don Enrique Bello, uno de los más destacados comerciantes de la época, que quedaba en la calle Orinoco casi al frente del mercado municipal. En esa época los cines se hacían en los patios de las casas, en los que podían caber unas cien personas; y al patio se entraba por un pequeño zaguán que llevaba a la casa de la familia por una puerta o al cine por otra. Ya para el cine que se instaló tiempo más tarde en el patio de Ernesto Reyes había una pequeña barda que separaba un espacio de Galería y otro de Palco, pero que básicamente la diferencia estaba en el precio de la entrada (a medio la Galería, a real el Palco) y por consiguiente la clase de gente con la que compartías. Las películas duraban apenas un día en cartelera, con dos funciones diarias, y así sería hasta bien entrados los años 60.

Pero es en la década de los 50 cuando el cine se convierte realmente en una actividad social y comercial de considerable importancia para una ciudad de puerto de casi 4.000 habitantes. La mayoría de las familias vivían en lo que hoy conocemos como el centro de San Félix, no había todavía un parque automotor muy grande, todo quedaba bastante cerca como para moverse a pie, incluidas las idas al cine: El Cine Fénix, en la calle Orinoco, el Cine Piar en la misma calle, pero del lado del río Orinoco y que cuando este crecía se anegaba la zona de Galería. El Cine Principal, casi diagonal al Fénix, pero hacia la calle Piar, el primer gran cine de San Félix, con 750 butacas con el suelo en desnivel. Eran tiempos donde las chucherías eran empanadas que vendían en locales vecinos, o bolsas de maní que un vendedor pasaba ofreciendo entre los puestos. Fueron tiempos en los que nos visitaron grandes artistas como Alfredo Sadel, Antonio Aguilar, Lea Griffith o La Tongolele, que ofrecían sus shows en los intermezzos de las películas. Sí, en San Félix. Tiempos de una sana rivalidad comercial entre los cines para asegurarse un público; los carteles de Rafael García, volkswagens disfrazados del Monstruo de la Laguna Negra.

Pero no solo los cines del centro, también aparecieron en San Félix cines de vecindario, más pequeños, de menor categoría como el cine La Grúa, el Esequibo, el México, el Libertador, el Nasa (que ciertamente se llamó así en honor a la agencia espacial norteamericana). Tenemos en cuenta que en la naciente Puerto Ordaz, la vecina al otro lado del río Caroní, tan solo existía el cine del Centro Cívico, que le pertenecía a la Orinoco Mining Company, y que no tendría una sala privada hasta bien entrados los 60, cuando en San Félix siguen inaugurando salas como el Cine Río, el Park, el Caroní. ¿Qué pasó con esa cantidad de cines? Asomo algunas especulaciones.

Rafael García, cartelista y proyeccionista del Cine Principal, me contaba que la unificación de las tarifas eléctricas contemplada en el IV plan de la Nación durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez hizo impagables los costos de electricidad de esas pequeñas salas, que tenían 2 proyectores de 35mm, además de poco público. Además de esta razón económica, tenemos el crecimiento exponencial y desordenado de San Félix, producto del auge de las Empresas Básicas de Guayana. Las familias tradicionales del centro fueron mudándose a nuevos espacios urbanizados, dando paso a un centro netamente comercial, pero con una vida social mirando a otras zonas.

Añadimos a esto el tema de la infraestructura de la ciudad para estos espacios recreativos. Una ciudad en la que el transporte público estuvo concebido desde el principio como una solución laboral (y con grandes deficiencias hasta el sol de hoy), en la que la mayor parte de sus habitantes se mueve en carros particulares, el tema del estacionamiento se vuelve fundamental. Los cines que más aguantaron el paso de los tiempos fueron los que pudieron lidiar lo más posible con estos tres factores. Y eso fue, en el caso de San Félix, finales de la década de los 80. Desde entonces no hay cine en la ciudad. Peor aún, pocas señas quedan de su existencia. Los que no fueron convertidos en templos evangélicos, fueron demolidos, convertidos en otros negocios, o simplemente monte. En cualquier caso, prácticamente borrados de la memoria de las nuevas generaciones.

Recordar estos espacios sería más que un ejercicio nostálgico de un tiempo que no viví, particularmente. Me encantaría fuera un ejercicio colectivo para repensar nuestros espacios de manera más funcional –titánico si no hay voluntad política, de la municipalidad y sus ordenanzas y de la empresa privada para su planificación-; Tal vez reconquistar espacios, que no viejas estructuras y edificaciones, para que volvamos a disfrutar del cine que ya no tenemos.

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